Klaus Lackner, profesor de Geofísica en la Universidad de Nueva York, ha diseñado un árbol sintético que tiene la capacidad de absorber dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, al igual que lo hacen las hojas de los árboles reales.
El científico americano considera que el dióxido de carbono extraído mediante los nuevos árboles artificiales que ha diseñado podría ser almacenado bajo tierra de una manera segura y permanente, eliminando de esa forma el problema del efecto invernadero y el consiguiente cambio climático asociado que se ha convertido en uno de los principales quebraderos de cabeza de la humanidad.
Lackner considera que «igual que un árbol real, este árbol artificial tendrá una estructura para mantenerse de pie, el equivalente a un tronco, probablemente un pilar», una estructura especialmente sencilla.
La idea surgió realmente cuando Claire, la hija de Lackner, comenzó a trabajar en una tarea para el taller de ciencia de su escuela. La joven descubrió que podía extraer el dióxido de carbono del aire al hacerlo pasar a través de una solución de hidróxido de sodio. Sin más, Claire logró recoger la mitad de CO2 del aire que había pasado por esta solución. En efecto, cuando el CO2 entra en contacto con el hidróxido de sodio se absorbe y produce una solución líquida de carbonato de sodio.
Esa solución líquida es la que Lackner cree que se puede recuperar y transformar más tarde en un gas, para ser almacenado bajo tierra o más probablemente en el fondo marino.
Según Lackner, la solución, al menos temporal, al problema del cambio climático es plantar miles de árboles artificiales que absorban cantidades masivas del gas carbónico e impidan que se acumule en la atmósfera.
El científico americano considera que cada uno de los nuevos árboles artificiales podría llegar a extraer de la atmósfera del orden de 90.000 toneladas de dióxido de carbono al año, el equivalente a las emisiones de aproximadamente 20.000 automóviles, una cifra verdaderamente extraordinaria.
La segunda parte del proceso ideado por Lackner es también relativamente sencilla. Utilizando la tecnología disponible actualmente para la perforación de pozos de petróleo, que no presenta ninguna dificultad técnica, se podría crear un depósito en la profundidad del fondo del mar para almacenar el CO2 extraído gracias a los nuevos árboles artificiales.
A una profundidad y temperatura convenientes, el dióxido de carbono es más denso que el agua, por esta razón, «no podría elevarse del piso oceánico», destaca Lackner.
La propuesta del científico norteamericano, novedosa y audaz, no ha sido recibida con gran entusiasmo por buena parte de la comunidad científica, al menos de forma inmediata. Los expertos apuestan por lograr en breve otras fuentes de energía que no utilicen carbono.
www.fisicaysociedad.es 21/02/07
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